¿Quién puede vivir sin música? – Curiositatibus

¿Quién puede vivir sin música?

Alma del Universo, alas de la mente, vuelo de la imaginación, encanto y alegría de la vida”, así definía Platón la música.

Como “desmayo dichoso y dulce olvido” la calificaba Fray Luis de León.

Es el único placer sensual sin vicio. Parece sólo una combinación de ondas que se propagan por el aire y llegan a los oídos, pero es algo más, algo que nos emociona, nos alegra, nos entristece y nos sugestiona. Está a nuestro alrededor, pues es difícil no escucharla, pero también en el interior.

Sin pensar en nada, prueba a hacer un ritmo fijo golpeando con los dedos. Seguramente tú, y cualquier persona, está dando un golpe cada poco más de medio segundo (cada 600 milisegundos). Eso dice Carolyn Drake, investigadora que detectó en los adultos este ritmo interno, relacionado con el del corazón y el de la respiración.

En la base de la música occidental existen melodías tradicionalmente alegres, y otras tristes. Cualquier canción en tono mayor, como Yellow submarine, de los Beatles, parece más festiva que otra en tono menor, como Yesterday, que, además, es más lenta, lo que acentúa su poder nostálgico.


¿Y qué tienen que ver el ritmo y el sonido interior con la emoción?

El psicólogo John Sloboda basa la relación en el lenguaje. Cuando alguien habla bajo y lento causa sensaciones más tristes que si lo hace en voz más aguda y a volumen más alto. “Sólo hay dos tipos de canciones, las alegres y las tristes”, escribe Sloboda.

“Reconocemos patrones musicales que están en nuestro inconsciente y, sin querer, anticipamos lo que sucederá al segundo siguiente. Cuando estas expectativas no se cumplen, el cerebro reacciona emocionalmente”.

Escala cromática


Las palabras tensión y relajación, que son sensaciones, también son términos musicales. En la música tonal occidental se crean
tensiones cambiando parámetros, para retornar luego al principio y resolverla o relajarla. Hay recursos fáciles; por ejemplo, “fabricar” un final feliz a base de usar las tres últimas notas de una escala ascendente (la, si, do), que vendrían a ser los “chan, chan, chan” de tantos The End de cine, con beso de la pareja protagonista de fondo.

Y lo contrario: pensad en los cinco “chanes” que se escuchan en los concursos de televisión cuando alguien falla una respuesta. No son más que una escala cromática descendente (mi, mi bemol, re, re bemol, do, por ejemplo). Qué fácilmente sugieren fracaso.

No digamos el ritmo; desde que existen guerras, el compás de 2/4 (que se mide: un, dos; un, dos; un, dos…) se ha usado para enfervorizar a las tropas. Es, al fin y al cabo, el ritmo a que caminan las personas. Por eso se llama “marcha” en términos militares y musicales. Otras marchas, más lentas, se usan para fastos y celebraciones. Se crea tensión acelerando el ritmo, y este aspecto se puede incluso medir.

Mike Stock, compositor e investigador, ha averiguado que la música pop ha aumentado su velocidad desde los 120 golpes por minuto en 1980 hasta los 136 de la actualidad; y ahora es más excitante.

La música sugiere sentimientos, atrae recuerdos vívidos y, a la vez, actúa como medio de cohesión social. El trance se alcanza a base de repetir sonidos monótonos, hasta alcanzar un estado psíquico como el que causan las drogas.

¿Es así en todas las culturas? ¿Es lo mismo para todas las personas?

Los científicos no saben aún dónde empieza el rasgo cultural y dónde comienza el biológico. “Hay personas que se deprimen con sonidos lentos y graves, mientras que a otras les relajan”, dice la musicoterapeuta Alicia Lorenzo. “Pero a todos les sirve para canalizar emociones y reforzar la respuesta inmunológica”.

Lo cierto es que, aunque nos provoque sentimientos diversos, o no comprendamos la música de otras culturas, se puede asegurar que las ondas sonoras organizadas entran por los oídos, pero tocan directamente el corazón.

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